Un gran número de personas reconoce no haber revisado sus oídos jamás y tenemos que tomar conciencia de su importancia. Lo que está en juego es nuestra audición.
Estamos rodeados de contaminación acústica, sometidos a ruidos constantes, expuestos a sonidos con gran volumen ―los auriculares de algunos jóvenes, sin ir más lejos― en bares, pubs, discotecas o en un acontecimiento deportivo, e incluso en sitios a los que acudimos con frecuencia como un gimnasio. Y eso nos puede provocar un trastorno auditivo. Eso en lo que respecta a los factores externos, pues también hay que prestar atención a los internos. Así, una gripe o una infección de oído podrían derivar en un trastorno que afecte a nuestra audición. Y lo peor de todo es que apenas prestamos atención a las primeras señales que aparecen ligadas a dichos trastornos. El resultado, en muchos casos, es una reducción de nuestra audición.
Con todo, lo peor no es la pérdida de audición sino también lo que esta anomalía lleva consigo, ya que nos pude hacer volvernos personas desconfiadas e inseguras, además de culparnos continuamente por padecer una situación que es más común de lo que se parece. Y que tiene fácil remedio en cuanto se detectan los primeros síntomas.
Por todo es recomendable acudir a un profesional al menos una vez al año para revisar nuestra audición, sobre todo a partir de los cincuenta años. ¿Quiénes? Todos, pues nadie está exento de padecer algún trastorno dependiendo de la cantidad de ruido a la que esté expuesto en su vida diaria, pero especialmente aquellas personas con familiares que ya presenten problemas de audición. Una audiometría al año basta para detectar cualquier anomalía o problema dentro de nuestro sistema auditivo. Un simple gesto del que dependen tanto tu calidad de percibir lo que los demás te digan, las risas de tus hijos y nietos, como la de tu misma vida.